Bienvenidos a una nueva entrega de “Lo que me saca de mis casillas”. Si hay algo que me molesta enormemente en las personas es la incapacidad de cumplir una promesa. Estamos a miércoles y mi querida consola sigue malita. Mañana, espero, estará de vuelta en casa. Eso quiere decir que tengo un día más para desintoxicarme del vicio electrónico y que a mi teclado y mis pocos y sufridos lectores les toca, si les apetece, soportar una nueva sesión de pensamientos vagos, inconexos y faltos de toda ética y estética. Bueno, en realidad, sólo los lectores pueden elegir, el teclado es mío y sólo mío. Pero ya está bien de preámbulos. Me molestan los que no son fieles a su palabra, pero hay algo que realmente me saca de mis casillas: que me llamen “freak”.
Hagamos un poco de historia. Corría el año 1932 cuando el director, productor, guionista y actor ocasional Tod Browning (sí, como el fabricante de pistolas, panda de psicópatas) rodaba una de sus mejores películas (con permiso de la versión de Drácula protagonizada por Lugosi), ambientada en el típico espectáculo ambulante de rarezas humanas tipo mujer barbuda, siamesas unidas, niños pez, hombres lagarto y otros miembros de la comunidad Maniac. El título original de la película era “Freaks” (en España, “La parada de los monstruos”). Aunque el término ya se utilizaba para denominar a este tipo de personas con deformidades, se hizo más popular y extendido, ampliándose su significado a “personas con comportamientos y/o aficiones exóticas y extravagantes, por las que sienten una devoción extrema”.
Seguro que a la mayoría de vosotros os han llamado freak alguna vez, y no como piropo. Hace poco me lo dijeron un par de veces, la primera por el simple hecho de intentar explicar en pocas palabras quién es Sauron (hecho científico: en mi empresa, con una media de edad que ronda los 30 y pocos, mas de la mitad de las personas consultadas no sabían quién es). Y claro, siguiendo la lógica aristotélica a rajatabla, conocer el nombre de uno de los personajes principales de una saga literaria de reconocido prestigio y éxito comercial (conceptos que rara vez van unidos, dicho sea de paso), me convierten en un bicho raro. Seguro que con Hamlet no pasa. La segunda fue al ver la noticia de que queda poco para que se publique la nueva novela de Terry Pratchett. En la página incluían una cronología de todos los libros publicados sobre el Mundo Disco y reconocí públicamente que me había leído (la palabra correcta era “devorado”, pero no era plan de darle más munición al enemigo) 32 de los 40 libros mencionados, la inmensa mayoría de las veces, en inglés. Resultado: “estás hecho un freak”. Lo lógico es pensar que soy raro porque me gusta Pratchett (un auténtico desconocido para muchos) en vez de Tom Clancy, Stieg Larsson o Dan Brown, que sí son aceptables. Un mago que no sabe hacer magia acompañado de un baúl con 100 patas y un apetito voraz es síntoma inequívoco de “freakismo”.
No son las únicas veces. Mi pública afición a la literatura fantástica (de calidad), el cine en general y los videojuegos en particular me convierten automáticamente en un ser raro, antisocial y de compañía poco recomendable. Aunque muchos de aquí dirán que la última afirmación es correcta, la causa no lo es. Sí tengo una afición que consume gran parte de mi tiempo y mis recursos económicos, pero ¿de verdad es tan raro? ¿No conocéis gente con hobbies de lo más extraños? Yo por lo menos, sí. Por poner un ejemplo, un compañero, que a veces colabora con el programa “Al filo de lo imposible “ (o, como le decimos cariñosamente, “A pique de matarse”), es un gran aficionado a meterse en cuevas para bucear en ellas. ¿Hay conductas más raras que meterse en un agujero oscuro para después sumergirte hasta Dios sabe donde? Otro tipo con el que a veces trabajo es una base de datos viviente sobre westerns y fútbol. De hecho, sigue todas (y me refiero a TODAS), las ligas europeas. Ambos, sobre todo el primero, han invertido auténticas fortunas en sus pasatiempos favoritos, pero claro, uno es un aventurero y el otro es todo un clásico español futbolero.
No estoy de acuerdo con la celebración de eventos tipo “Día del orgullo freaky” o el menos extendido aquí “Día de la toalla” (en honor a Douglas Addams y su “Guía del autoestopista galáctico”), porque no me considero raro. Tengo un hobby y disfruto con él, como hacen las personas normales. Prefiero leer libros con sentido del humor pero que dicen verdades como puños a basurilla mal estructurada con una fina (y falsa capa) de historia. Me gusta jugar a disparar aliens (o zombies, o nazis o lo que sea) que hacerlo en la realidad. Me pierde una buena sesión de Castle Crashers o Call of Duty en Internet que ver El diario de Patricia o Gran Hermano. Casi 200 euros en juegos musicales y guitarras de plástico me parecen mucha mejor inversión que 2000 en neones y vinilos para tunear un coche y lucirlo por ahí como “obra de arte”. Por favor, salgamos del armario consolero y dejemos claro lo que somos: gente normal y corriente con un hobby normal y corriente, que además demostramos interés real y dedicación a él. No necesitamos homenajes reivindicativos porque no sirven sino para sugerir que somos diferentes. Y no, no lo somos.
En fin, que oír cómo me llaman freak me saca de mis casillas. La gente informal, también. Ah, y las llamadas para venderte una nueva conexión a Internet, que siempre son en mitad de mi serie favorita.
P.D: Perdón por el tocho de autobombo y egocentrismo, pero os lo recomiendo como terapia. Al final te quedas muuuuuy a gustito.